Poema · La mujer se quedó mirando el tiempo…, de Francisca Aguirre

Poema · La mujer se quedó mirando el tiempo…, de Francisca Aguirre

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«Empecé a escribir porque me enamoré de las palabras. Yo miraba el mundo, miraba el cielo, sentía el latido del corazón de los seres que amaba, pero no sabía lo que era todo aquello. La vida estaba ahí, junto a mí, pero sin explicaciones de ningún tipo. […] Me enamoré, me enamoré perdidamente. Y cuando uno se enamora lo único que quiere es vivir con el ser amado. Y eso hice: a partir de ese momento empecé a vivir con las palabras».

 

La mujer se quedó mirando el tiempo

mientras la luz moría en las esquinas

y una desolación llena de espinas

la arañó como un son a contratiempo.

 

Pensó en su corazón, siempre a destiempo,

coleccionando escombros, polvo, ruinas,

convirtiendo dolores en harinas

y el fracaso en un viejo pasatiempo.

 

Se extrañó la mujer de que la vida,

en que todas sus ansias había puesto,

fuese esta soledad interminable.

 

Miró su juventud atardecida,

oyó a su corazón, triste, dispuesto

y sonrió a la nada inexorable.

 


«La mujer se quedó mirando el tiempo…», de Francisca Aguirre (España, 1930). Poema recogido en la antología «En voz alta: las poetas de las generaciones de los 50 y los 70», de Sharon Keefe Ugalde. Ediciones Hiperión (2007). 

Poema · Esperando mi vuelta, de Blanca Sarasua

Poema · Esperando mi vuelta, de Blanca Sarasua

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«Escribo porque tengo que vivir. Me explico. Creo que la poesía es una forma de ver el mundo. Es una forma de preguntar, incordiar, constatar que existimos, provocar, hacerte intolerable ante la indiferencia, crear un problema, un formidable problema que rompa el mundo sumiso y aburrido que hemos creado, en el que nos dicen qué tenemos que hacer, cómo y cuándo. Escribir es empecinarte, conchabarte con la vida, poner la nota discordante. Escribir es tener la honestidad suficiente para saber callarse cuando sólo somos capaces de compartir el silencio, que ya es bastante».

 

A dónde vas, jugando a ser eterna,

pisando sin cuidado el mar,

sin el menor pudor,

con la misma certeza de quien anda por casa.

Eres un ser alado, sin células apenas,

el pelo largo como tu osadía,

y esas manos a tientas

llevándote a destiempo la luz de la mañana.

El cuerpo, con los miedos que te quedan,

lo dejas en la arena.

Te agarro por los hombros del espejo;

no me engañes

ni me vuelvas la cara:

buscas el paso firme de la dicha

en un plano final

definitivo,

sin una carga de sombras a su espalda.

Tú sabes que no existe,

chíllalo

estrújate de rabia.

Luego sigue buscándolo,

cuélate sin entrada en el palco de la vida,

no me bajes la guardia.

Y no vuelvas sin él,

que yo estaré en el muelle de mis vértigos,

vestida de tu cuerpo

esperándote,

para llevarte a casa.

 


«Esperando mi vuelta», de Blanca Sarasua (España, 1939). Poema recogido en la antología «En voz alta: las poetas de las generaciones de los 50 y los 70», de Sharon Keefe Ugalde. Ediciones Hiperión (2007). 

Poema · Terciopelo y seda, de Pino Betancor

Poema · Terciopelo y seda, de Pino Betancor

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«No soy una escritora metódica que se sienta diariamente a elaborar poemas. Nada más lejos de mi forma de ser y de escribir. A veces pueden pasar meses sin escribir un solo verso y hay temporadas que escribo bastante. Es como si la poesía fuera un ser invisible que viene a visitarme cuando le da la gana y entonces me siento a hablar con ella como con una vieja amiga. Y puedo decirte que por encima de mi amor por el Arte hay en mí una pasión aún mayor: mi pasión por la vida».

 

De terciopelo y seda era su cuerpo,

pero no lo vio nadie.

 

La enseñaron, ya desde muy pequeña.

a trabajar muy duro y no quejarse.

A levantarse al alba, blanca y fría,

a ser ave sin vuelo, flor sin aire.

 

Un día marcha a la ciudad inmensa.

Allí conoce a un hombre, uno de tantos,

pequeño y arrogante.

Los hijos le vendrán sin desearlos,

sin desear a nadie.

 

Y seguirá cosiendo y cocinando.

Es su deber. No lo discute nadie.

La vida va pasando lentamente

detrás de los cristales.

 

La enseñaron a ser el pan que se cocina,

la mesa que se pone, la ceniza que arde,

y así vivió su triste y corta vida,

ignorada e ignorante

de todas las bellezas de la tierra.

 

Nunca de la pasión de los sentidos

le hablaron. De cómo un beso

puede encender el aire.

Y una sencilla, dulce melodía,

hasta el cielo elevarse.

 

Un día se durmió en la vieja mecedora.

Para siempre. Sin haber florecido.

Marchita ya la tez, marchita el alma.

Como tantas mujeres innombrables.

 

De terciopelo y seda fue su cuerpo

y no lo supo nadie.

 


«Terciopelo y seda», de Pino Betancor (España, 1928). Poema recogido en la antología «En voz alta: las poetas de las generaciones de los 50 y los 70», de Sharon Keefe Ugalde. Ediciones Hiperión (2007). 

Poema · Las cosas viejas, de María Elvira Lacaci

Poema · Las cosas viejas, de María Elvira Lacaci

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Qué boba soy, Señor,

—me da verguenza que lo sepa alguien—,

con cuántas cosas cargo. Sin motivo.

Esta pluma así vieja que ha girado mi llanto.

Este abrigo teñido, o mejor, desteñido,

porque cuántos inviernos…

Esta horrorosa planta

tan raquítica

como mi corazón,

porque ha sobrevivido —como él—

la angustiosa miseria

de la ventana

oscura

de este patio indecente.

Y así,

muchas cosas menudas

que yo siento. Indefensas.

Y debiera dejarlas,

jubilarlas, tirarlas; ahora

ya podré cambiarme,

—el nuevo sueldo de los funcionarios…—.

Pero no. No podría

olvidarlas,

y llevaré conmigo

estas pequeñas cosas así dóciles.

(Sería tan cruel si las dejara…)

Ellas,

compartieron mis horas de agonía. No los seres humanos.

Además

tengo miedo, Señor.

Otro sitio. La Vida,

y seguiré tan sola. Desgajada,

y estas cosas

amigas,

pronunciarán mi nombre

desde su silencio.

Y cuando allá muy dentro

la ternura,

me arañe y me desgarre —por tenerla encerrada—,

lo mismo que otros días,

yo miraré estas cosas

tan sencillas, tan mínimas,

tan entregadas desde su inconsciencia,

y, lentamente,

mis venas,

se irán tornando mansas. Sosegadas.

Oh, Señor, si al menos

pudieran comprender cómo las amo.

 


«Las cosas viejas», de María Elvira Lacaci (España, 1916). Poema recogido en la antología «En voz alta: las poetas de las generaciones de los 50 y los 70», de Sharon Keefe Ugalde. Ediciones Hiperión (2007). 

Poema · Criatura múltiple, de María Beneyto

Poema · Criatura múltiple, de María Beneyto

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«En mis comienzos no tenía un propósito definido al escribir poesía. Lo hacía, como supongo sucede en cada joven poeta, que sólo quiere dejar de angustiarse frente a la vida y consigo mismo, inmerso en la emotividad que le asalta por todas partes, eso que en la juventud a todos nos duele y seduce de alguna manera».

 

Ni siquiera yo sé por qué me vive

la vida, este aluvión de torpes luces

en criaturas reunidas, aguas

que vienen a mezclarse al caudal mío…

 

¡Soy yo tantas mujeres en mí misma!

¡Están viviendo en mí tantas promesas,

tantas desolaciones y amarguras,

tanta verdad que no me pertenece!

 

Tengo la vida demasiado ciega

con recuerdos —¿de dónde?— que me agobian,

con nostalgias profundas —¿de qué cimas?—

¡Y mi voz, viene a veces tan lejos!

 

¿Qué estéril hembra honda me recorre

esta heredad vital que soy, gritando?

¿Qué mujer oscurísima y humilde

dispone en mí este sol para el consuelo?

 

¿Qué caminante altísima se cansa

de poblarse en la luz hacia la sombra,

y se acoge al origen, a mi orilla,

junto a los dulces animales vivos?

 

¿Vengo de raza de mujeres tristes,

con todas las tristezas silenciadas,

o que callaron el susurro exacto

del amor, y me empujan a decirlo?

 

¿Quién me ha ordenado ineludiblemente

hablar con voz ajena a mi silencio,

presintiendo, crecida, o recordando,

existiendo a la vez de tantos modos?

 

Yo, múltiple, plural, amigos míos,

no soy nada. Soy todo. Soy aquélla

que se quejaba a Dios de no ser río

y ser mar, ser clamor y no palabra,

ser laberinto y no sencilla ruta,

ser colmena y no ser única abeja…

 


«Criatura múltiple», de María Beneyto (España, 1925). Poema recogido en la antología «En voz alta: las poetas de las generaciones de los 50 y los 70», de Sharon Keefe Ugalde. Ediciones Hiperión (2007). 

Cuatro poemarios publicados por Pre-Textos

Cuatro poemarios publicados por Pre-Textos

Leí, sin siquiera pretenderlo, cuatro obras poéticas, una tras otra, de una editorial que siempre despierta mi interés, Pre-Textos; llegaron a mí para quedarse, especialmente dos de ellas, y hago referencia a Salvo el humo, de María Rosa Vicente Olivas, y La nieve blanca, de José Carlos Rosales, por la forma de sus líneas y debido a las emociones contenidas. En cuanto a los otros dos poemarios, hicieron percibirme en un tiempo corto y en un espacio cercano, resultando ser más que suficiente para dejarlos en mi estantería con definido aprecio, pudiéndolos sentir desde una cama donde transcurren las horas más calladas.

  • Salvo el humo, de María Rosa Vicente Olivas (Pre-Textos, 2014) ~ 4/5 ⭐️

«Si el pasado te busca / y te reencuentra / no lo evites. Asume / que el olvido se nutre de distancia, / de vida en equilibrio / sobre un círculo / tal vez defectuoso, / que con movimiento recupera / su voluntad de giro. / Y al rodar se descubren / los antiguos poemas, / de cuando la inocencia / era edad y era tímida / medida del futuro. / Lo que el límite tuvo de excitante / unos años después. Quizás el tiempo / de volverte invisible. / Si te encuentra / después de este silencio, no te niegues / a jugar la partida que te ofrece. / Guíñale el corazón. Dale tus señas». La vida en equilibrio (p. 13)

«De tu manera de rozar el mundo / recuerdas que perdieron / su sentido los versos / cuando gritó la vida / detrás de la frontera del papel. / Guardas de aquellos días / una manera de mirar distinta, / muchos huecos con nombre / y el riesgo de ser parte de un futuro imperfecto». El futuro imperfecto (p. 27)

«Continuarás haciendo de las cosas / un mundo, cuando sabes / que todo es relativo y nada queda / para después, si sigues / jugando a la defensa / de una torre vencida. / Y seguirás / pidiéndole a la vida demasiado, / y despreciando aquello que el instante / ofrece de ilusión. Nada es eterno / y tú menos que nadie. En la memoria / ya nada se repite, salvo el humo / que dejan las historias inconclusas». Salvo el humo (p. 39)

«Una imagen de un cuerpo que se abraza / a la almohada desnuda, / absorto en el instante / en que los sueños dejan de ser sueños / y un velo opaco cubre los recuerdos más nítidos. / Algún rayo furtivo / de sol intenta darle / claridad al oficio de vestirse / con las ropas anónimas del frío. / En otra habitación / alguien espera / que el sueño llegue pronto, / y ha dejado / tirados por el suelo los vestigios / de una noche profunda y malherida. / Siente sobre los párpados el peso / de imágenes que flotan. / Tal vez en el recodo del sueño y la vigilia / compartan un paisaje clandestino, / sin saberse siquiera / pasajeros de un sueño ya olvidado». Relojes diferentes (p. 49)

  • La nieve blanca, de José Carlos Rosales (Pre-Textos, 1995) ~ 4/5 ⭐️

«El silencio confuso de la nieve al caer, / la nostalgia de aquello que no quiere ocurrir». El silencio confuso (p. 45)

«El que escoge al azar un desvío / y descubre un paisaje nevado: / como si nunca hubiera / dejado de ser niño, / como si el tiempo a veces se olvidara / de lograr su venganza». Un paisaje nevado (p. 50)

«La rama se dobla / bajo el peso leve / de la nieve mientras / los sentidos traman / un ensueño inútil, / tan fugaz que a veces, / cuando el mundo vuelve, / hace que la rama, / bajo el peso leve / de la nieve blanca, / se quiebre sin ruido / y aparezca rota / y el viento la arrastre / despacio, con calma, / como el tiempo gasta / las cosas que un día, / fingiéndose firmes, / nos hicieron daño». Peso leve (p. 53)

«Después de la nevada / furtiva de esta noche, / una luz limpia trae / de la calle el indicio / de que todo ha cambiado: / la ciudad quedó quieta / y alguien dice en voz baja, / cerca de ti, tu nombre, / frases de amor, caricias / que serán casi un nido / y dejarán un poso / secreto de ternura. / Y aunque la nieve blanca / que ahora cubre las calles / desaparezca y huya, / esa voz permanece / y nada puede el frío / más triste del invierno». Las caricias (p. 54)

  • Los tres días, de Esperanza López Parada (Pre-Textos, 1993) ~ 3/5 ⭐️

«Yo golpeo la pared y tú me respondes / con un ritmo presente, levantando entre nosotros, / con un sonido callado que no es el de la carne, / sin sentido y sin carácter y que nada explica, / por mucho que lo deseáramos elocuente. / Nada declara salvo que todavía estamos, / que seguimos aquí y cada cual en su sangre, / prendidos en la cerrada luz de los cuartos». El cuarto de al lado (p. 13)

«Si no respondes, resulta más duro, / pues se cuenta de morir que es un reino sin signos, / ni el comercio ni el lenguaje son su asunto. / Quiere decir que el puesto te ha vencido / y este encierro te derrota, que ya te cansa / esta fatiga de la que estamos hechos. / Significa que eres ahora sombra inquieta / y huyes y desertas y viajas por las cosas / atravesando sin ley sus muros y sus celdas». El cuarto de al lado (p. 14)

«Con lo que amo no mantengo más que una leve lucha, / no me queda sino una resistencia, un resto que se obstina. / Y cuando desciendo con el ruido de un cuerpo simple, / cuando voy, no importa lo que dejo y no importa / salvo adónde marcho, una tierra definida y palpable, / el suelo sin extremos donde al fin anochece». Los tres días (p. 65)

«Cuando todavía aguardabas al primer hijo / solías tenderte en la hierba para dormir profundo, / te extendías con descuido encima de los campos. / Un sonido te llegaba, un sonido traído de lejos. / El niño comía entonces de tu corazón y descansaba / en otro sitio. Sobre la piel redonda, la tendida piel, / volaban aves, se levantaba el sol y venía a ponerse. / En una hora nacían los días y quedaban completos. / Tu sueño solo iniciaba una tarde y concluía varias. / Con tu peso girabas en el giro del cielo». Los tres días (p. 69)

«Sólo cuando están lejos quedan las cosas cerca, / sólo cuando partimos, regresamos. / Al cerrarse una puerta, se abre un mundo. / Adiós es bienvenida, el recuerdo, vivencia. / Y ha de venir la muerte a despojarnos / de lo que, por presente, no vivimos». El recuerdo, vivencia (p. 15)

«A veces, cuando estoy sola conmigo / me pregunto si soy yo realmente / quien está en mí, de mí acompañada, / o si en mí, solamente, / se aposenta otro yo que en mí confía / y por mucho apreciarme, en mí se siente. / Si no soy yo ¿quién es la que me lleva? / ¿Con qué añoranzas sustenté mis sueños? / ¿Son suyos o son míos? / Alguna miente y usurpa odios y afectos / que en modo alguno a ella pertenecen. / ¿A quién le debo entonces mis recuerdos? / ¿Son impostados todos mis deseos? / ¿Los doy, los tengo, o me los atribuyo? / ¿En qué momento, temeroso, incierto, / empezarán mis dos a entremeterse?» La otra (p. 16)

Del sentir invisible, de Marga Clark

Del sentir invisible, de Marga Clark

«Los escritores, y los poetas en especial, no vienen de ninguna parte: van. Sin embargo, y sin ellos saberlo a veces, en ocasiones van a partir de un lugar, de un ámbito, que ignoran, o mejor dicho, que han olvidado, y cuya memoria recobran a través de la palabra. Es una recuperación, una rememoración, una resurrección que no incumbe al autor, pero sí al poema. Porque el poema sí tiene memoria, sí recuerda. Es más, su memoria es tal que incluso es capaz de recordar a dónde va, y a dónde vuelve cuando llega al ámbito recién creado merced a la alquimia del lenguaje» (Ana María Moix).

Del sentir invisible resulta ser el primer poemario de Marga Clark, poeta, escritora y fotógrafa española, tratándose de una de mis obras poéticas favoritas, hecho que se demuestra por la cantidad de marcas dejadas en las páginas y notándose, también, a través de los muchos versos transcritos en esta entrada. Aun sabiendo que me encontraba extrayendo poema tras poema, no podía dejar de hacerlo, pues estaba la necesidad de mantener sus palabras cerca de mí con el único fin de volver a ellas en algún momento de un futuro cercano o, quizás, lejano.

Días más tardes tras la maravillosa lectura, di con un hermoso texto, escrito por Ana María Moix, que hacía referencia a este mismo poemario, donde ella comenta que no debería buscarse sentido en la poesía, siendo una idea que defendí desde que comencé a leer con una mayor profundidad este género literario.

En mis publicaciones no tiendo a descifrar el contenido de un poema, más bien comparto lo sentido; la emoción más personal e íntima. Seguramente siempre será así. Tal vez me atreva a decir que la autora crea su propio mundo, abarcando tanto la poesía como la prosa, jugando con dos formas de escritura, definidas entre dos tonalidades, una más oscura que otra. También pueda sugerir que creí reconstruirme en sus versos libres que no parecen seguir ninguna regla ni ninguna establecida estructura. Pero poco más escribiría sobre aquello comprendido o no en su poesía, seguiría enfocándome entonces en el sentir; la impresión intangible.

En este caso dejo que se realice el acto del sentir del modo más sencillo, leyéndola a ella.

«Vaciaste mi mente de silencios y palabras. Recorrías mis espacios deshabitados. Escuchabas el roce de los sonidos más íntimos, de todo aquello que se esconde a la mirada. / Y en un éxtasis de distancia indescifrable, quise buscarte en mi oscuro salitre, entre las sábanas de un viejo sueño deshilado. Tocaste las cenizas de mi piel despertando mi deseo desmayado. / Volaba hacia ti, Sibila en las madrugadas del perdido mayo» (p. 15).

«Y oía un sollozar gris, pálido, lento, mientras las sombras escondían su luz entre los pasillos rotos de la noche. / Y las hormigas transportaban montañas a lugares inimaginables mientras tus brazos de musgo rozaban las estrellas. / Y se tiñeron de rojo los campos y de púrpura las aguas, mientras volabas ebria de belleza a tu reino oculto. / Y la oscuridad te llenaba toda. / Y yo sentí perderte para siempre» (p. 17).

«Te abandonaste al traspasar furtivo de los otoños trágicos y al volar entrecortado de los pájaros inmaduros. / Te abandonaste toda al escuchar herida el tímido quejido que penetraba sediento tu garganta. / Te abandonaste pálida y desmayada a una lúcida agonía. / La hebra oscura de los ríos entretejía con sangre tu nuca adormecida / mientras la arena de mis dedos se hundía en tu blanco transcurrir» (p. 19).

«El mundo había dejado de respirar. El humo y la violencia se habían congelado. El ruido era estático y continuo. Nada se movía pero todo seguía hacia adelante. / Yo estaba allí, creía comprender el porqué del silencio y la ausencia de horizontes. Estaba allí solo y veía más que nunca. / No sabía volver a empezar» (p. 20).

«Era tarde y la sangre no llegaba a los ríos. El halo púrpura de tu pelo desteñía las rocas de su gris, mientras mis manos inquietas dibujaban la luz en tus mejillas. Mirabas al mundo asustado como si todavía existiera. No conocías su quietud. Las montañas se transformaban en valles y los ciervos en lagartos. Nada existía y todo estaba lleno de su ser. / No comprendías el silencio. / Esperabas» (p. 22).

«Recorrías los otoños cansado. / Buscabas grietas, surcos donde esconder las noches. El agua dormía. Tintas negras ensombrecían tu voz, salían desbordadas por los techos y paredes buscando las arenas. Te enredabas en las algas alumbrando las orillas con tu luz. Andabas sigiloso despertando los sueños. Querías encontrar la aurora, los recuerdos. / Necesitabas ver por primera vez» (p. 23).

«Sorprendiste mi oscuridad en lo más lento del día. Era un fluir suave, imperceptible. Un deslizarse por un vacío azul perecedero. Recorrías, errante, los lugares interminables consciente de tu silencio gris. Desnudabas tu soledad con mi recuerdo. Te contemplaba escondida en la sombría hendidura de la noche. Te esperaba. / Nos encontramos en la absorta madrugada de la palabra» (p. 27).

«Sé que un día te inventé y di voz a tu memoria, / para acallar el dolor y la asfixia, / para sentir la esperanza / y jamás olvidar. / Te inventé en la noche tibia arrastrado por el agua, / como un alud de rocas, / como una lluvia negra, / como un lento caer» (p. 45).

«Busco tu voz siempre escondida entre los nardos y las rocas. Ya no deseo andar junto a la muerte, / siempre tan unidos. Intuyo tu vacío invisible, / inalcanzable. / Te escucho porque no hablas. / Te busco porque no existes. / Te encuentro porque no eres» (p. 47).

«Tendré que escribir tu ausencia en mis palmas entreabiertas. / Recordar el latido de tu nombre, el soplo de tu aliento. / Tu cauce violento buscando la espesura de mis valles. / Tus manos angustiadas tanteando mi silencio. / Tus ojos purpúreos devorando mi agonía. / Tu voz perdida llamándome en la noche, / enardecida» (p. 48).

«Tu ausencia es la memoria desvelada de tus ojos / perdidos en un tálamo de sombras. / Es el furtivo esbozo de tu sonrisa desnuda. / El olor de tu nombre. / Tus manos temblorosas apretando el destino en mis hombros golpeados. / Es tu mirar desvanecido en mi interior» (p. 51).

«Me escribirán sonetos la huidiza sombra de tus dedos. / Y tus manos fuertes recogerán mi aliento de la tierra para empaparse de mi húmeda tristeza. / Y tus brazos temblorosos mecerán mi cuello adormecido, asustado de tanta oscuridad. / Y emergerá la ardorosa espuma de tus labios para apaciguar mi sed, / mientras la luz secreta de tus ojos amainará / mi quejido malva / en la amarga madrugada» (p. 52).


«Del sentir invisible», de Marga Clark. Colección Devenir, JuanPastor, ed. (1999). Goodreads 5/5 ⭐️