Querida Shura, de Tatiana Tolstaya

Querida Shura, de Tatiana Tolstaya

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«Ella estaba preparada. ¿Qué se lo impidió? ¿Qué nos estorba siempre? ¡Hala, deprisa, el tiempo pasa! El tiempo pasa, y las capas invisibles de los años son cada vez más compactas, se oxidan los raíles, se cubren de hierba los caminos, y la cizaña es cada vez más espléndida en los  barracones».

Aleksandra Ernéstovna, nuestra apreciadísima Shura, se recuerda a sí misma a través de las cuatro estaciones que nos hacen ser; en sus ojos ya viejos y abandonados damos con aquellas personas que ella amó, llevándonos sobre las ruidosas ruedas de un carrusel apagado.

La narradora, una mujer que tanto se parece en mí en cuanto a su facilidad para recrear historias, la imagina también, a Shura, en un posible presente, y ve más allá de las paredes del asilo visitado todo aquello que se habrá dado o que habría podido darse.

Juntas se expresan sobre fotografías y entre sorbos de té, dejándose sentir por los insignificantes objetos que acarician sus sombras, transmitiéndonos una nostalgia, en parte deseada, y en parte hiriente.

Tatiana Tolstaya, la creadora de estos dos espíritus fantasmales, encuentra —o encontró, si preferimos hacer referencia a unos días lejanos— el modo de elevarlos sobre la tierra, configurándolos en un cielo demasiado grande como para siquiera alcanzarlos.

Las tres, siendo tal vez una misma, son maravillosas a su modo: una por su valor ante una elección, otra por acompañar a la primera en sus horas más solitarias, y la tercera por hacerlas existir.


«Querida Shura», de Tatiana Tolstaya (Rusia, 1951). Relato recogido en la antología «Fuego y polvo». Círculo de lectores (1991). Traducción de Josep Maria Güell e introducción de Laura Freixas. Goodreads 5/5 ⭐️

Hasta la vista, barranco, de Konstantin Serguienko

Hasta la vista, barranco, de Konstantin Serguienko

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«Así es la vida de los perros: hoy uno tiene un hueso entre los dientes y al día siguiente no sabe cómo quedar vivo».

Cuando me mostraron este pequeño cuento, no dudé en leerlo al momento por el toque infantil que últimamente busco en las lecturas. Y, sin embargo, éste no es un cuento para niños, propiamente dicho, ¿o sí lo es?

«A fines del verano oscurece rápido, las noches son frescas y los arboles sueltan de vez en cuando hojas secas. Se acerca la época de la telaraña plateada. La tierra mudará de piel como los perros, le arrancarán hierba y la quemarán en hogueras».

Todo comienza y acaba en un barranco, un lugar esperanzador donde convive una manada de perros, guiada por Negro, el líder. Orgulloso, otro perro que corresponde con el narrador, está al margen, aun así sigue de cerca al grupo que se declara libre, haciéndonos ser partícipes tanto del tiempo vivido desde dentro como fuera, allí donde están los Hombres, figuras altas que se arrastran sobre la tierra con dos de sus patas; con las otras dos atan mediante correas y encierran a través de infranqueables barrotes.

Mientras las estaciones van y vienen, la manada crece, recibiendo a perros abandonados por sus amos, pero también se reduce, perdiendo a otros con mejor o peor suerte, dependiendo del enfoque. Algunos son hallados por almas jóvenes, los niños, otros, en cambio, dan con espíritus que no se reflejarían siquiera en un espejo.

La historia termina, al menos para los lectores —porque seguiría sin nosotros, por sí sola, sin la necesidad de presenciarla—, con jaulas de hierro y partículas de polvo cayendo despacio sobre tantos hocicos; con voces infantiles llenando el aire, rompiendo con su densidad, mientras el fresco verdor del barranco es cubierto por la creación de los Hombres.

Me hace bien sentir, especialmente desde lejos. Ciertas palabras permiten recordarme en un ahora; mostrándome lo que soy o lo que quisiera llegar a ser, pero cuando me llevan a experimentar una vivencia acaso olvidada, o vivida desde otra perspectiva, logro percibir(me) desde un ángulo más claro. Es por ello que de vez en cuando elijo cuentos infantiles; me hacen regresar a lo que fui, cuando todavía no habían corrompido mi corazón, y, es a través de la distancia que me alcanza la esperanza. Del mismo modo, supongo, esperaba él, el protagonista de este relato, todo aquello perdido en el pasado, pero sin quedar anclado a los días extraviados, hallando en su presente algo por lo que seguir siendo un perro feliz.

«Pero la suerte del perro es como la cabecita de un pelusero; si sopla el viento, las pelusitas vuelan hacia un lado, si sopla un poco más, vuelan hacia el otro».


«Hasta la vista, barranco», de Konstantin Serguienko (Rusia, 1940). Traducción de Ana Varela. Revista Sputnik: Selecciones de La Prensa Soviética, número 08 (agosto de 1983). Goodreads 4/5 ⭐️

 

El río Ockerville, de Tatiana Tolstaya

El río Ockerville, de Tatiana Tolstaya

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«¿Dónde estarás ahora, Vera Vasílievna? ¿En París? ¿En Shangai? ¿Qué agua lloviznará sobre tu tumba —la azul de París o la amarilla de China—, qué tierra enfriará tus blancos huesos?».

Es a través de este segundo relato leído de la maravillosa Tatiana Tolstaya que se enciende una chispa, provocando el inicio de un fuego que nos mantendrá unidas hasta su extinción, hecho que ocurrirá, quizás, en un tiempo muy lejano, innombrable. Indeseable. Pues pretendo seguir viéndome en historias como las suyas porque es donde mejor me concibo.

Aquí, en este cuento de unas cuantas páginas, ocurre algo parecido al acontecimiento relatado en el párrafo anterior: está él, un personaje cualquiera, uno más entre tantos, que tiene un vínculo especial con ella, Vera Vasílievna, y lo es tanto que decide buscarla, sentirla más allá de un mero gramófono.

Con un otoño crujiendo desde fuera, y un tranvía cuya última parada, nombrada como Río Ockerville, que llega al fin del mundo, la imagina, a ella, la artista aparentemente olvidada por todos; con este escenario como sostén se dan las ensoñaciones libres y solitarias de su corazón enfermo que se escapa a través de la ventana, ignorando algunas de las murmuraciones internas. Y es tan fuerte el deseo que acaba comprando unas flores y una tarta sobre la cual bailan pequeños pedazos de frutas.

Mientras recorre la distancia que los separa, se la imagina, una vez más. ¿Será una vieja desamparada, cuyo hogar estará cayendo a pedazos? ¿Se dará la complicidad ensayada durante años?

Las respuestas son halladas.

Ella está (¿o no lo está?). En todo caso, estándolo o no, la cercanía no se basa en una exclusiva imagen. Lo creo, y, tal vez, él también.


«El río Ockerville», de Tatiana Tolstaya (Rusia, 1951). Relato recogido en la antología «Fuego y polvo». Círculo de lectores (1991). Traducción de Josep Maria Güell e introducción de Laura Freixas. Goodreads 5/5 ⭐️

Amor-desamor, de Tatiana Tolstaya

Amor-desamor, de Tatiana Tolstaya

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«¡Quién ha sido tan cruel como para introducir en mí el amor y el odio, el temor y la tristeza, la compasión y la vergüenza, y no darme las palabras: me ha robado el habla, ha sellado mi boca, ha colocado unos cerrojos de hierro, ha tirado la llave!».

Lees las primeras líneas. Te encuentras, pocos segundos más tarde, con un diálogo entre voces infantiles, casi indescifrables, que llevan a un poema cuyo comienzo dice así: Duerme, niñita, no temas nada, alta es la cerca y la puerta está cerrada…; y, de repente, la intuición te abandona. Aparece ante tu atenta mirada un monstruo anónimo, imágenes naranjas, el frío que crees estar sintiendo, aun cuando no recuerdas el momento exacto en el cual pasaste de una visión ingenua, cálida, a una mucho más distante, gélida.

Entre todas esas escenas dibujadas a medias, está ella, una niña que viene y va, que existe entre espectros y ensoñaciones; que busca el amor de una persona que odia. La vemos llorando, exigiendo, burlándose también, extrañando fantasmas, viviendo con monstruos debajo de la cama, y asistiendo a recitales de poesía.

Ella, la misma niña —mujer a ratos—, encarna el espíritu de la contradicción: el amor y el desamor. Y, a pesar de descubrirla en unas cuantas palabras, consigue transmitir con una sinceridad tolerable el equilibro con el cual convive; con el cual convivimos a lo largo de nuestra existencia. Amamos, pero no siempre.

No se trata de una historia grandiosa ni remarcable. Existen, sin embargo, narraciones que no pretenden superar expectativas, sino que simplemente representan una idea o un sentimiento que se padeció o que se sigue padeciendo.


«Amor-desamor», de Tatiana Tolstaya (Rusia, 1951). Relato recogido en la antología «Fuego y polvo». Círculo de lectores (1991). Traducción de Josep Maria Güell e introducción de Laura Freixas. Goodreads 3/5 ⭐️

Cinco figuras sobre un pedestal, de Viktoria Tókareva

Cinco figuras sobre un pedestal, de Viktoria Tókareva

07-09-19

«Cuando la gente mira las rosas, ¿quién recuerda el abono? ¿El estiércol de vaca?».

Comienzo la entrada con esta única cita porque pocas otras agrupaciones de palabras despertaron mi interés; confieso que no pude prestarles suficiente atención. Tan sólo buscaba descubrir el final de un relato que no me estaba gustando.

Victoria Tókareva nos cuenta la historia de una mujer de treinta y ocho años que acaba emprendiendo un viaje para cubrir una noticia de interés periodístico. Conforme las páginas se cargan con una prosa escueta y sencillos diálogos, descubrimos sus preocupaciones y sus declaraciones más íntimas. En su breve travesía aparecen distintos personajes cuyos nombres son dados por ella. Está, por tanto, la Cabra, el Ángel… De un modo ilusorio, más o menos comprensible o compartido, se entremezclan con sus propios recuerdos.

El contenido no me llegó a conmover ni me agradó la narración. Tampoco encontré énfasis en ninguna línea, por lo que no conseguía diferenciar la seriedad del supuesto humor que caracteriza los cuentos de la autora. En cuanto a la protagonista, no sentí cercanía alguna ni comprensión hacia sus ideas. Me costaba confiar en su visión, ya que siempre parecía juzgar a sus interlocutores, sin siquiera conocerlos.

Quizás ocurra una reconciliación más en adelante, cuando su nombre haya sido olvidado. Es entonces cuando volvería a ofrecer una versión, tal vez, algo más positiva.


«Cinco figuras sobre un pedestal», relato de Victoria Tókareva que forma parte de la antología «Escritoras rusas», de Icaria editorial (1997). Traducción de Margarita Estapé. Goodreads 1/5 ⭐️

Dueños de sus vidas, de Irina Grékova

Dueños de sus vidas, de Irina Grékova

26-07-19

«[…] cada uno de nosotros vive en un mundo bastante cerrado, y le parece que este mundo lo es todo».

Elena Sergeevna Ventsel, también conocida como Irina Grékova, se dedicó a las matemáticas, pero también escribió, siendo autora de varias novelas y un libro de poesías. Con esta frase anterior redactada en base al contenido de Wikipedia, tendría que conformarme, más no lo hago. Es por ello que en tantas ocasiones acabo leyendo los libros con fervor, deseando encender las palabras para encontrar bajo ellas alguna pista que me pudiera llevar hacia sus creadores. Sin embargo, se necesita tener en común un algo para poder ver; quizás, una mirada exacta o la misma longitud de los dedos.

No sé en qué medida está la propia escritora en su relato, Dueños de sus vidas, pues sería muy pronto decirlo. Pero lo que sí es seguro es que lo están muchas otras almas rusas, de un modo directo o indirecto, representando tanto a la mujer solitaria del tren como al hombre delgado cuya identidad no se la reconoce ni él mismo. Entre los dos se encuentra también un ser en cuyo espíritu no existe nada excesivo y que vive sus días como si la tierra fuera el cielo; como si fuera un mero pájaro. A diferencia de ese ser, está otro que respira a pesar de las corrientes, con los pies sujetos al tambaleante suelo.

Todos ellos parecen conformar la historia, más es la historia la que los fabrica. Los distantes lectores estamos frente al espejo del pasado, donde tras el asesinato de Kirov, destierran a las personas de Leningrado. A través de la transparencia de este cristal, los personajes buscan hacerse sentir, y, sin embargo, no aparecen en listas. Quiénes eran, quiénes lo son a medida que ubicamos nuestros ojos sobre sus figuras, y quiénes podrían llegar a ser.

El hombre delgado pregunta si en alguna parte existen los dueños de sus propias vidas, mientras la mujer solitaria le transmite una respuesta aparentemente afirmativa; pero cuán de positiva lo será.


«Dueños de sus vidas», relato de Irina Grékova que forma parte de la antología «Escritoras rusas», de Icaria editorial (1997). Traducción de Margarita Estapé. Goodreads 3/5 ⭐️

La luz del sol, de Tatiana Tess

La luz del sol, de Tatiana Tess

«Un lobo grande, de pecho ancho y robusto, se acercó al profesor, dio un salto, le puso las patas en los hombros y le miró a la cara con ojos oscuros y ardientes, como si esperase de él, del hombre, la explicación de la zozobra que le dominaba y de la inquietud que se había apoderado de la naturaleza» (p. 162).

Poca información encontré sobre Tatiana Tess; me quedé con su nombre completo, siendo Tatiana Nikoláievna Susiura, su fecha de nacimiento y el lugar de origen, su afición por la poesía, y los títulos de algunos de sus otros relatos como Camino lejano, Inmortalidad, No es posible detener la primavera… Me pregunto, ahora, dónde podría yo encontrarlos.

En relación a La luz del sol, todo comienza y acaba en un zoológico, donde, a través de los efectos de una eclipse de sol, observamos el recorrido de tres personajes principales cuyo desenlace oscila entre la luz y la oscuridad. Aparece bajo la atenta mirada de la narradora y, en consecuencia, bajo la nuestra, un estanque con aves, una isleta con pelícanos, enormes ramas con águilas, un recinto con elefantes… Los pasos pueden hacerse pausados, como si se tratara de una secuencia a cámara lenta. Cada uno de los movimientos marca un ritmo pesado; quizás sea esa la intención de la escritora: hacer sentir el peso de cargado aire.

Viéndolo desde corta distancia, este pequeño relato se vive como un largo poema donde las líneas no se fragmentan, sino que son colocadas una tras otra. No se trata realmente de una sólida sustancia, pero existen connotaciones entre las palabras que te hacen quitarte las gafas de sol y percibir su intensidad con los ojos abiertos, sin buscar cerrarlos en ningún momento, afrontando la verdad sentida y aquella rechazada.


«La luz del sol», cuento de Tatiana Tess que forma parte de la antología «Cuentos rusos», de Salvat Editores (1970). Traducción de José Lain Entralgo y prólogo de Augusto Vidal. Goodreads 3/5 ⭐️