Dostoievski, de Stefan Zweig

Dostoievski, de Stefan Zweig

En esta presente entrada describo una de las más maravillosas casualidades: la lectura de la biografía de uno de mis escritores favoritos, Fiódor Dostoyevski, escrita por otro de mis escritores favoritos, Stefan Zweig.

Antes que nada, me encantaría aclarar que en el ensayo publicado por Acantilado aparece el nombre del escritor como Dostoievski, mientras que yo lo nombro como Dostoyevski, con y, porque ya estoy acostumbrada a hacerlo de esta manera (las citas incluidas, por tanto, llevan la letra i). Aun así, los nombres rusos tienen multitud de formas de ser escritos, por tanto no debería ser una causa de sorpresa.

Con el recuerdo —todavía presente— de la biografía ofrecida por la propia hija de Dostoyevski, Aimée Dostoyevskaya, bajo el título «Vida de Dostoyevski por su hija», me aventuraría a recomendar su lectura de forma previa, antes que la propia obra de Zweig, ya que denoto una diferencia importante en cuanto a la forma —el contenido sigue siendo el mismo, pero el enfoque es distinto—; mientras que en las páginas de Aimée encontramos hechos narrados de forma consecuente, en las palabras de Zweig damos, en cambio, con una profundidad que va más allá de los propios acontecimientos y situaciones vividas. Es decir, no se queda sobre la superficie, creando una simple historia de la vida de una persona, sino que busca penetrar su alma, aunque siempre haciéndolo con conocimiento. En otras palabras, la biografía de Aimée lleva de manera justa el concepto biografía (narración de la vida de una persona); en cuanto a Zweig, hace sentir a Dostoyevski de un modo especialmente literario, como si su vida y muerte fuesen nada más que una invención de un creador todavía más grande que el propio ruso. 

«Dostoievski no nos manda mensajeros, sólo la experiencia conduce a él. Y no tiene otros testigos que la mística trinidad del artista en carne y espíritu: su rostro, su destino y su obra». (p. 97)

Centrémonos, al fin, en este estudio donde queda descrito el amor sentido hacia la literatura rusa, tanto por su parte como, en consecuencia, por la mía propia, así como la forma de sentir y percibir la obra de Dostoyevski y las aportaciones de sus creaciones a nuestras existencias.

En el primer capítulo, «El rostro», se detalla el aspecto físico del protagonista, narrando con exactitud cada una de sus expresiones faciales, haciéndonos partícipes de su amplia mirada.

«En lo más profundo encontramos siempre la mayor grandeza de Dostoievski», escribe él, «y su rostro nunca habló con tanta fuerza desde la muerte». En estas anteriores palabras percibimos el nexo entre un inicio y un final, cerrando un ciclo que todavía no comienza a arrancar.

«La pasión del escritor por sentir y experimentar reprime el dolor del hombre: Dostoievski domina el sufrimiento acechándolo». (p. 121)

Con el rostro recreado, nos resume su vida en unas diecisiete páginas, que llevan el título «La tragedia de su vida», en las cuales encontramos algunos de los hechos que podrían resultarnos más conocidos como son: los primeros años del escritor y la etapa anterior del presidio. No deja de lado su enfermedad, aun cuando ningún biógrafo podría ignorarla, teniendo ésta tanta influencia sobre su vida y su creación artística. Asimismo, nos recuerda su afición al juego y nos expone de qué modo él jugaba, pues no era por dinero, como podría imaginarse, sino por un profundo amor hacia el abismo. Nos hace entender de qué modo se entretenía con su Destino, siempre escrito con D mayúscula, haciendo especial énfasis en esta anotación que tiene un inmenso sentido, reflejado en sus obras.

«El fuego abrasador de su temperamento artístico procede tan sólo del continuo roce de estos contrastes y su desmesura en vez de unir separa cada vez más la desavenencia innata en él entre el cielo e infierno: en medio de la ardiente fiebre del espíritu creador nunca se cierra la herida abierta». (p. 127)

Deteniéndome en un punto, creyendo más que necesaria la pausa, Zweig menciona un interesante dualismo o, en otras palabras, la existencia de dos polos. Nos hace ver cómo Dostoyevski existía entre su Dios y el diablo, entre el cielo y el infierno, disponiendo así de una vida infinita. Del mismo modo, esta dualidad se daba también en sus sentimientos, siendo nobles y no tan nobles. Yendo más allá, amaba sus vicios porque no quería ser ningún ser olímpico, como concreta Zweig, sino un hombre fuerte; y para serlo creía que debía amarlo todo, tanto lo bueno como lo menos bueno. Pretendía tocar los dos extremos, sin desear escapar de los peligros, es más, los buscaba y los abrazaba. Por lo que no huía del dolor. Tampoco anhelaba estar bajo una mera definición; por ser luz o por ser oscuridad. Vivía siendo las dos cosas. Es así como llegó a convertirse en —y cito— «el más sabio conocedor de todo lo humano».

«¡Ah, qué trágica humanidad, qué cielo tan ruso, bajo, gris, eternamente crepuscular, sobre estas figuras, qué tinieblas en el corazón y en el paisaje! (…) ¡Oh, qué oscura, confusa, extraña y hostil resulta a primera vista esta humanidad, este mundo ruso! Parece una tierra anegada de dolor y, como dice el furibundo Iván Karamázov, una tierra «impregnada de lágrimas hasta las entrañas». (p. 145)

En relación a sus personajes, son existencias incompletas o imperfectas que tienden hacia lo infinito, mientras que los héroes de otros escritores se encuentran bajo una unidad, es decir, se definen por una característica o cualidad que prevalece por encima de las demás, siguiendo éstos una única dirección establecida. En el caso de Dostoyevski, no pretenden ser algo en concreto ni conseguir una única meta ni mucho menos alcanzar una ubicación exacta, pues están por encima de la realidad, como bien resume el autor del ensayo, viéndola con una mirada que la abarca por completo. Por tanto, sus creaciones humanas no quieren nada de lo que los personajes de otros narradores desearían; no buscan ese «algo», más bien anhelan los dos extremos o los límites para saber quiénes son. «Lo único decisivo en Dostoievski es hasta qué punto cada uno encuentra su verdad y alcanza la verdadera humanidad», escribe Zweig.

También hay que decir que él no necesitaba describir con detalles las características físicas de los personajes de golpe, en pocas páginas, como muchos escritores lo realizan al principio de sus novelas, sino que lo hacía muy poco a poco, mostrándolos a través de sus mundos internos. Es decir, primero configuraba el alma, siendo ésta la creadora del cuerpo, para luego acabar dibujando los detalles, alcanzando así la claridad que los lectores siempre exigimos.

«Aborrece los estados intermedios como todo compromiso y toda armonía: sólo lo extraordinario, lo invisible, lo demoníaco excita su pasión artística hasta el realismo más extremo. Es el más incomparable artista plástico de lo descomunal, el gran anatomista del alma sensible y enferma, que el arte ha conocido jamás». (p. 163)

Las historias que viven sus personajes, aquellos que no desean ni aprender ni vencer la vida, se sitúan entre el realismo y la fantasía, centradas éstas en un mundo interno —y no externo— donde conviven multitud de sentimientos y emociones. Sus almas humanas se materializan en un ambiente definido por dos condiciones, una más admisible que otra. Dostoyevski dice amar el realismo, pero plantea una pregunta muy acertada: «Amo el realismo hasta donde linda con lo fantástico, pues ¿qué puede ser para mí más fantástico e inesperado, y hasta más inverosímil, que la realidad?».

Siguiendo con la idea descrita al comienzo del anterior párrafo, sus escenas se sostienen en un pequeña porción de tiempo y un espacio limitado; sentimos, sin embargo, que son varios los días vividos y muchos los lugares presenciados cuando realmente estamos en una misma hora y en una misma estancia, y este efecto se da por el afán del autor a hacer existir sus personajes desde dentro.

«¿Por qué en todas sus novelas brilla algo así como una luz artificial y el espacio que contienen parece hecho de sueños y alucinaciones? (…) ¿Por qué tenemos la sensación de que esta representación de la vida, la más verídica se haya escrito, no es, sin embargo, la vida misma, nuestra propia vida?» (p. 170)

Zweig comenta que sólo los corazones más sensibles pueden sentir a Dostoyevski; que el autor ruso necesita lectores llenos de pasión que puedan vislumbrar las dimensiones de las llamas de su obra artística, pues ésta arde con fuerza. Y cómo no iba a quemar (a quemarnos) cuando fue escrita a través de férvidos sentimientos provocados por ese dolor que le tocó sufrir a lo largo de su vida.

Sus libros eran creados durante fuertes crisis, con los ojos húmedos y el corazón palpitando, sintiendo cada una de las palabras que debían penetrar su cabeza como cuchillos cortando la carne. El frenesí que a él lo movía superaba cualquier extremo; y, por tanto, sus párrafos surgían de forma precipitada. Sabemos, en cambio, que se requiere de un control sobre lo que se escribe, de modo que se pueda dominar el propio arte. Las imágenes tienen que ser construidas con la tranquilidad del espíritu para poder hacerlas vivir con coherencia. La excesiva pasión puede romper la arquitectura. Pero, aun así, él escribía, con todo lo que sufría y con todo lo que sentía.

«El mundo del novelista es quizá la alucinación más perfecta del mundo, un sueño profundo y profético del alma, un sueño que incluso deja atrás la realidad: pero de un realismo que se supera a sí mismo hasta lo fantástico. El superrealista Dostoievski, el transgresor de todas las fronteras, no describe la realidad: la eleva por encima de ella misma». (p. 176)

Cabe especificar que la situación económica de Dostoyevski no era comparable con la de otros escritores como Tolstói, por lo cual se veía forzado a crear con rapidez, presionado por las fechas marcadas en los contratos. «La perfección de sus obras encierra algo más grande que no se puede formular con palabras…», escribe Zweig, haciéndonos ver cómo buscaba la perfección, y, sin embargo, debía conformarse y acababa originándolas —con su enfermedad y con las miradas de los editores—, lamentando aquellos errores que reconocía y que debía pasar por alto. «…y, precisamente porque sólo cabe adivinarlo y no fundirlo en un molde perecedero, sus novelas son caminos de perfección para el hombre y la Humanidad», continúa la frase anterior, siendo la noción que los amantes del escritor ruso poseemos.

«Dostoievski nos ha abierto proféticamente caminos infinitos que parten de nuestra última verdad, la que hoy conocemos. Ha dado una nueva medida a la profundidad del hombre: nunca un mortal antes de él ha sabido tanto del secreto inmortal del alma. Pero, asombrosamente, por mucho que ha ensanchado el conocimiento de nosotros mismos, por muchas cosas que hayamos aprendido con él, este saber no nos hace olvidar el alto sentimiento de la humildad ni la sensación de que la vida es algo demoníaco. Con Dostoievski nos hemos vuelto más conscientes, pero no más libres, sino sólo más comprometidos». (p. 206)

Nuestro protagonista es definido como transgresor de fronteras, ya que fue el primero en romper la frontera entre Rusia y Europa, compartiendo así la naturaleza del alma rusa.

Para él, Rusia era lo mismo que Dios, aun cuando la cohesión tiene una mayor profundidad de la que podríamos imaginar. Predicaba su aparente fe por simple amor a su país, pero no creía en un ser espiritual, tampoco lo rechazaba del todo, y nunca realmente pudo escoger uno de los bandos: «creo en Dios» o «no creo en Dios». Ansiaba la fe justo debido a su ausencia, y la profesaba, imaginándose a él mismo viviéndola, tal como le habría gustado tenerla. Es por ello que cuando le preguntaban si creía en Dios, contestaba, más bien, que creía en Rusia. Debido a su propia falta de fe que lo atormentaba, se presentaba como creyente, ya que no deseaba hacer sufrir al pueblo, o, en otras palabras, fingía por amor a la Humanidad.

La existencia o la no existencia de Dios se evidencia en sus creaciones literarias. Los personajes, partícipes de esa separación entre dos estados, parecen amar la vida, no obstante, la aman por encima del sentido de la misma.

«¿En verdad la vida no es sino una noche eterna en la obra de Dostoievski y el dolor lo que da sentido a la vida?», pregunta Zweig. Unas líneas más adelante, cita las palabras de Dostoyevski: «Amigos, no temáis a la vida. Sólo el tormento nos enseña a amar la vida».

«¡Oh, cómo triunfas en los hombres que haces sufrir, conviertes la noche en día, el dolor en amor, y del infierno arrancas el himno de alabanza en tu honor! Pues el más doliente es el más sabio y quien te conoce tiene por fuerza que bendecirte: ¡y éste, que te conoció más profundamente que nadie, también ha dado fe de ti y como nadie te ha amado!». (p. 229)

El último capítulo del ensayo corresponde con el fallecimiento de Dostoyevski, tal como se podría esperar, donde sus personajes sostienen su tumba, pues Zweig nos aleja del escritor que amaba —que amo y que muchos aman— de un modo sublime, mencionando las últimas frases de los seres inventados; acercándolos y haciéndolos acompañar la muerte de su creador. Él parecía abandonarlos, pero quedaba mucho de su alma en cada una de las figuras humanas en las cuales se estuvo recreando a lo largo de los años vividos y que, hoy en día, siguen hablándonos y cogiéndonos de la mano, descubriéndonos la infinitud de sentimientos contradictorios que habitan en nuestros corazones.

Stefan Zweig aclama en algún momento de esta biografía tan extraordinaria que las dos fuerzas más extremas del patrimonio humano son la vida y la muerte. Acaso podría yo ni nadie debatirlo… No lo creo; no hay manera de fragmentar esta sentencia.


«Dostoievski», ensayo de Stefan Zweig que forma parte del libro «Tres maestros: Balzac, Dickens, Dostoievski», editado por Acantilado (2004). Traducción de Joan Fontcuberta. Goodreads 5/5 ⭐️

2 comentarios en “Dostoievski, de Stefan Zweig

  1. Nada nos asegura un final feliz, pero es importante saber de dónde venimos y adónde queremos ir, ¿verdad?
    Él se atrevió a buscar la verdad inevitablemente, en un viaje luminoso hacia la oscuridad de nuestro centro; recorrió el laberinto y nos regaló el mapa.
    Su alma es un territorio inabarcable, es un autor infinito.

    Maravillosa entrada Diana, gracias por ayudarme a sensibilizar su recuerdo; tierno, despegado e imprevisible.
    Un abrazo, dama de las letras.

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    1. Oh, cómo se agradecen los comentarios… ¡Y éste resulta ser tan especial!

      Verdad. Así es. Nada nos lo asegura. Debo decir que me emociona el hecho de que hayas leído mi entrada y la hayas podido disfrutar. Además, me encanta poder dar con almas como las tuyas; que sienten a Dostoyevski del mismo modo que yo lo hago. ¡Me parece fascinante e increíble!

      Un fuerte abrazo, querida lectora.

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