Poesía

Cardiopatías, de Oriette D’Angelo

«Empecemos el desastre desde cero: / qué condena estar y padecer / dentro de un límite impuesto por la sangre». This must be the place (p. 60)

Descubrí a Oriette D’Angelo a través de los diarios íntimos publicados por Índigo Editoras; y hago referencia a «La desconocida que soy, vol I». Desde ese preciso instante, sentía que debía seguir leyéndola, a ella, especialmente, aunque también a las demás voces que ocupan el libro mencionado.

¿Y por qué deseaba yo hacerlo? Ya con el primer párrafo de su diario nos hace agrietar a través de esa ciudad que maltrata. Son tres sonidos que entonces se reprodujeron en mi cabeza con tanta lentitud que alcancé a sentirlas separadas, pero unidas a la vez por un hilo tensado, muy estirado hasta el punto de poder escuchar la silenciosa vibración; con esas tres palabras atrapadas en mi memoria, seguí bajando mi mirada por la página cargada. El peligro realmente estaba en soltarlas, pues en el supuesto caso, ciudad, la palabra de un extremo, y maltrata, la palabra del otro extremo, habrían colisionado a una velocidad que habría hecho de que, la palabra del medio, meras letras sin conexión alguna. No habría quedado nada más que restos incomprensibles de una realidad que muchos no estamos viendo. Necesité protegerlas; y es por eso que todavía las mantengo conmigo: a esa ciudad que maltrata. En «Cardiopatías» volví a encontrarme con ella; es más, con todo un país que, citando las propias palabras de Oriette D’Angelo, ser país es también una forma de morir en el intento.

Tuvo que darse una relativa pausa, abarcando ésta unas cuantas lecturas, para acabar, al fin, hallando su (inolvidable) poesía. Intuyo que no necesitaría decir mucho más sobre su contenido para haceros comprender mi gran afecto hacia las agrupaciones de palabras que leí dos veces en un mismo día; y ya la tercera vez se dio para poder rememorarlas, de modo que lograra yo trasladar parte de mis emociones en esta humilde entrada que no podrá hacer justicia a lo leído. Porque es así. No puedo llegar hacia donde ella está porque, en parte, soy una habitante ajena. [ Tengo miedo a lo que ignoro. ] Distante. [ A lo que no padezco. ] Pero que busca acercarse con las puntas de los dedos, tan sólo un poco, tan sólo para… comprender. Algo. Si es que este mundo puede ser interpretado. Tengo miedo a lo que ignoro, a lo que no padezco, a lo que veo en otros. Esta es la frase completa que aparece escrito en Cardiopatías.

Si buscan ver, tal como yo necesitaba hacerlo, comparto algunos fragmentos de esos poemas que más me han llegado, por alguna u otra razón. Aun así, no duden en leerla del todo, del principio al fin, y con la profunda implicación que supone su lectura.

«Nadie sabe que tiene fuerza / hasta que aprieta una garganta / luego abandona / sale corriendo / echa culpas / justifica puños / y huele a sangre / Todo cuerpo odia el desgarro / toda ausencia es un primer auxilio / Nadie sabe que es poco hombre / hasta que toca a una mujer / para romperla». A los hombres no les gustan las mujeres rotas (p. 8)

«Sueño que me quemo en tu regazo. Sueño que el incendio es un amorío cruel junto a una jauría. Sueño que me salvas mientras me dejas calcinada, en ese campo crematorio que hiciste cuerpo. En caso de incendio, rompa el vidrio. En caso de incendio, rompa en llanto. Muera a tiempo. Busque refugio, que donde hay tres nunca hay nadie que lo salve». En caso de incendio rompa el vidrio (p. 11)

«Venimos arrastrando el tipo de sangre de otro / mezclado con el otro / para ser otro / Sólo nos diferencia la enfermedad que escogemos / y la que nos imponen». Resistencia a la insulina (p. 15)

«Lanzarse al vacío fue siempre cosa mía. [y me quebré.] Demasiado hueso, demasiado calcio. Había tanto que quebrar que decidiste quererme poco. Me dejaste con el cuerpo hinchado de árboles. Con la imaginación fracturada. Le pedí a nuestro amor que fuera un puente sobre un barranco, pero sólo fue una medida preventiva para no caer al vacío tan pronto». Demasiado hueso, demasiado calcio (p. 21)

«Estoy condenada a la fractura para ser ventana / que no es condena / si los huesos te sirven para escapar. / Tengo una herencia de huesos y daños / y aún así me busco / la voluntad / de vivir». Huesos y daños (p. 44)

«Te prohibieron morderme los ojos / arrancarme el cuello / reírte conmigo / escribir una historia / obsesionarte con mis labios / con mi estructura ósea / y aun así / sé que me sientes / en cada temblor de tu patria / y aunque nunca escuches / a Silvio Rodríguez / hoy digo con él / que no quiero ningún fracaso / en el sabio delito que es recordar». Prohibición de pasar y detenerse (p. 46)

«Querida Leticia: / que como te pasa a ti / cada dolor tiene su sitio, / pero mis lugares nunca son los mismos / me parezco tanto / a ti (…) / Querida Leticia: / te pareces tanto / a mí / que a veces digo «Ana» / digo «desorden» / digo «pavor» / y me consigo». Querida Leticia (p. 57)

«Un poema es una cardiopatía / un problema en el corazón no resuelto / crónico / genético / El verso cae contraído en su desdicha, / se vuelve líquido que salva si es rojo / mata si es blanco / Glóbulo retorcido en el ayer / aguja punzante de corazón sin memoria / Todos los latidos nos dicen / que hemos nacido para arder». Cardiopatías (p. 66)


«Cardiopatías», de Oriette D’Angelo. Monte Ávila Editores (2016). Goodreads

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